Una curiosa característica que solemos tener en común las mujeres con Síndrome de Ovario Poliquístico (hoy Síndrome Ovárico Metabólico Poliendocrino) —que aún no forma parte de los criterios diagnósticos, pero todo se andará— es un amor innato por la comida. Nos gusta cocinar, curiosear las paraditas de los mercados, buscar recetas sorprendentes y agasajar a nuestros seres queridos con mil y una delicias que hemos preparado con un cariño infinito. La mayoría de nosotras preferiríamos pasear por un paraíso de árboles frutales (o por la sección de alimentación del supermercado), que pasar el día metidas en el probador de una boutique de lujo, pintándonos las uñas o en la peluquería.
Aunque sí nos suele gustar comer, también compartimos una habilidad especial para engordar con una facilidad pasmosa (de la que las mujeres sin SOMP carecen). Y ya se intuye la insólita razón que se escondería detrás. No venimos «taradas» de fábrica, no, ni tampoco vivimos tan obsesionadas con la comida que nos pegamos atracones compulsivamente a todas horas, no. Las mujeres con SOMP llevamos siendo las leales proveedoras de la tribu (y muy probablemente también las respetadas hechiceras) desde tiempos inmemoriales.
Ahora la pregunta es… ¿por qué la evolución, en su inmensa sabiduría, habría mantenido constante a través de los milenios y las generaciones una prevalencia tan alta de un fenotipo de mujer con tendencia a los rasgos masculinos y una habilidad reducida para procrear, pero una colosal capacidad para engordar y sentida veneración por la comida? La cuestión no es baladí si consideramos que no es un rasgo que se pudiera transmitir fácilmente de madres a hijas (por las propias características del SOMP). Y la respuesta es que la evolución mantuvo constante a lo largo de nuestra historia ese 20 a 30% de mujeres «elegidas» … porque es inmensamente sabia, sí.[i]

Si retrocedemos unas decenas de miles de años, para las integrantes de las tribus de cazadores recolectores paleolíticos que conforman el grueso de nuestro pasado evolutivo, nacer de la mano del SOMP no habría supuesto una tara de fábrica, no, sino una bendición. En aquel contexto, ser una mujer femenina, delicada y fértil no resultaba precisamente un «planazo» envidiable. Aquellas pocas «elegidas» por el SOMP no se quedarían embarazadas fácilmente (lo que les ahorraría tanto las extremas dificultades propias de la gestación antes de los supermercados 24h y las ecografías como el peligro del parto —en el que el riesgo de muerte era notable). También resistirían mejor las hambrunas (gracias a que engordarían con más facilidad que las demás en igualdad de condiciones, lo que les permitía sobrevivir durante más tiempo tirando de reservas de grasa). Y además contarían tanto con ese interés innato por la comida y por alimentar a los demás como con la fortaleza física necesaria (gracias a sus niveles elevados de andrógenos, las hormonas sexuales masculinas) para poder contribuir en las tareas de caza y de recolección, pero también en la defensa y en la protección de todo el clan. Así que contar con esa proporción de 20 a 30% de mujeres con SOP aumentaría las probabilidades de supervivencia de todo el grupo.
Sin embargo, la inmensa sabiduría de la evolución no se queda en eso, porque la esterilidad propia de las mujeres con SOMP no es tal. En épocas de comida abundante y de paz espiritual[1] (cuando hubiera carne de sobras y suficiente tranquilidad), los niveles bajos de insulina (así como de cortisol, la hormona del estrés, que a su vez arenga los de glucosa e insulina), permitirían que las hormonas femeninas se reivindicasen y tomasen el control, aliviando la intensidad de los rasgos masculinos y posibilitando la ovulación (y el embarazo).

Puede que llegar a ser «una anciana respetada, pero un pelín marimacho que nunca tuvo hijos» fuera un «planazo» en el paleolítico, pero, en la época de las cesáreas programadas, las redes sociales y los restaurantes con reparto a domicilio, el SOMP puede ser desgarrador (especialmente, su fenotipo franco, como el mío). Por fortuna, esa condena vitalicia incurable y de causa desconocida hoy ya casi no lo es (incluso ese peliagudo fenotipo franco).
Si tú también has tenido que oír de boca de tu ginecólogo que «tienes síndrome de ovario poliquístico, pero se puede tratar con medicación» (o te han diagnosticado ya con el nuevo SOMP), me alegra poder decirte que no estás sola y que no tienes que someterte al yugo de los anticonceptivos, ni tampoco asumir que serás «esa tía guay, pero un pelín marimacho que nunca tuvo hijos» el resto de tu vida, no.
Bienvenida al selecto club de las ya iniciadas en los secretos ancestrales del SOMP.
Se estima que más del 60% de las mujeres con SOP son hirsutas (o que tienen una cantidad de pelo corporal y facial considerable en sitios donde preferirían no tener), siendo el signo más común y distintivo del hiperandrogenismo, aunque también puede evidenciarse con un acné pertinaz y/o alopecia (esa calvicie androgénica que nos causa tanta desazón).
Ya conocemos el mecanismo hormonal subyacente a que los niveles altos de insulina repercutan en rasgos andrógenos (que suelen ser los indeseados abanderados de las mujeres con SOMP). Las células de la teca ovárica, las encargadas de segregar andrógenos (los últimos responsables de esos rasgos masculinos tan poco sexys) se muestran hiperactivas. Y adivina en respuesta a qué: a la LH u hormona luteinizante (una de las que regulan el cotarro menstrual) y a nuestra vieja conocida, la insulina. Me temo que a la primera aún no sabemos cómo «biohackearla», pero sobre la insulina sí tenemos poder. Si la mantenemos baja (gracias a que ignoramos las pautas dietéticas que nos dictan un 55% de nuestras calorías diarias en forma de carbohidratos —con pan en cada toma— y nos regalamos una dieta de baja carga glucémica, mismamente como la que habría elegido una guerrera ancestral en épocas de abundancia y alegre esplendor[2]), los andrógenos extra que segregamos caerán en picado. Y mantendremos a ese obstinado SOMP (y los síntomas que acarrea —no solo el sobrepeso, sino también la anovulación y los obstinados rasgos andrógenos) a una distancia prudencial.

Y para muestra… un botón.
El insulinoma es un tumor del páncreas (generalmente benigno), que catapulta la secreción de insulina, aun en ausencia de esos niveles altos de glucosa sanguínea que en principio disparan el pistoletazo de salida. El sutil mecanismo hormonal por el que el páncreas libera a la sangre solo la insulina necesaria para metabolizar el caudal de glucosa presente (y mantener la glucemia dentro del rango fisiológico) se descontrola. El tumor secreta insulina continuamente con total independencia de cuánta glucosa circule por la sangre, provocando hiperinsulinemia (aquellos niveles exagerados de insulina que redundan en los tres criterios diagnósticos del SOMP). Esta circunstancia deviene en hipoglucemias (o niveles peligrosamente bajos de glucosa en sangre), que cursan con mareos, fatiga, confusión, temblores e incluso promueven la aparición de ataques epilépticos en personas que jamás los habían experimentado antes. Y también, curiosamente, si este tipo de tumores secretores de insulina se desarrollan en mujeres, provocan la sintomatología del SOMP[ii].
Sí, la palabra es «provocan», ni «estimulan», ni «promueven», ni siquiera «parece que aumentan la probabilidad de», no.
Los niveles elevados de insulina no solo repercuten en un incremento sustancial de la concentración de testosterona y androstendiona (las hormonas masculinas), con la subsiguiente aparición de novo de rasgos andrógenos en mujeres que no los presentaban antes de que el insulinoma se manifestase (como el propio hirsutismo o ese terco acné), sino que también traen consigo ciclos menstruales truncados y anovulatorios… que se desvanecen casi como por arte de magia cuando se detecta y se elimina el tumor. Los niveles de insulina regresan a la normalidad previa (y vuelven a acompasarse con los de glucosa sanguínea), lo que a su vez normaliza los niveles de hormonas masculinas. Y ese curioso SOMP temporal causado por el tumor desaparece. Así que este pertinaz compañero de viaje nuestro puede también asomar la cabeza por detrás de las mujeres «no elegidas» cuando sus niveles de insulina se descontrolan. De ahí que, aunque no se pueda decir que «ya nacemos con SOMP», sí lo hacemos con una habilidad menguada para metabolizar glucosa. Y esta particular característica, que en el Paleolítico nos habría ayudado a acumular reservas de grasa y a sobrevivir a las hambrunas, hoy nos sume en una hiperinsulinemia perenne, porque las dietas a base de carbohidratos que suelen sentar tan bien a las «no elegidas» (al menos, hasta que su propia «luna de miel de sensibilidad insulínica» acaba por esfumarse), a nosotras nos anegan en insulina cinco veces al día (porque necesitamos más concentración que ellas para metabolizar un mismo caudal de glucosa), lo que a su vez acrecienta (o incluso, provoca) la sintomatología del SOMP[iii]. Y en esta a priori poco halagüeña tesitura radica la fuente del poder de la dieta en la terapia metabólica contra el SOMP. Afortunadamente, hoy no solemos depender de las manadas de bisontes para alimentarnos, sino que podemos elegir qué comemos y cuándo.
No somos meras marionetas del SOMP, de hecho, tenemos control sobre él.
[1] Habría sido solo cuando la comida escaseaba y la dieta se basaba en frutas y tubérculos (en la era paleolítica) o en cereales y legumbres (ya en el neolítico, cuando aprendimos a cultivarlos), que los niveles perennemente altos de insulina habrían reforzado los rasgos masculinos y también impedido la concepción. Pronto veremos cómo y por qué. Y (aunque esto que sigue sea de cosecha propia y no se sustente en evidencia científica alguna) apuesto a que también seríamos las elegidas para convertirnos en las hechiceras de la tribu. Seríamos temidas, veneradas y respetadas. Nadie se atrevería a meterse con nosotras. Conoceríamos los secretos de las bayas silvestres, las cortezas de los árboles, las setas venenosas y las plantas medicinales: cuáles curaban, cuáles mataban… y cuáles provocaban unas cagarrinas de campeonato.
[2] En Aplaca tu SOMP (guía práctica), unas páginas más adelante, ahondaremos en los detalles y explicaremos cómo implementarla de manera fácil y saludable.
[i] Azziz, R., Dumesic, D. A., & Goodarzi, M. O. (2011). Polycystic Ovary Syndrome an Ancient Disorder? Fertility and Sterility, 95(5), 1544-1548.
[ii] Murray, R. D., Davison, R. M., Russell, R. C., & Conway, G. S. (2000). Clinical presentation of PCOS following development of an insulinoma: Case report. Human Reproduction (Oxford, England), 15(1), 86-88. https://doi.org/10.1093/humrep/15.1.86
[iii] Galluzzo, A., Amato, M. C., & Giordano, C. (2008). Insulin resistance and polycystic ovary syndrome. Nutrition, Metabolism, and Cardiovascular Diseases: NMCD, 18(7), 511-518.

