Blinda tu cerebro

¿Sabes qué comparten las condiciones neurológicas (como el alzhéimer, el párkinson o la esclerosis múltiple) y las psiquiátricas (como la depresión o la esquizofrenia), aparte de la colosal desazón que provocan? Pues tienen en común unos niveles altísimos (y perennes) de micro-inflamación neuronal con potencial para dañar el tejido cerebral.

Y no, tu cerebro no necesita azúcar. Todo lo contrario.

La comida no es la única fuente de inflamación cerebral (la exposición a tóxicos, la falta de sueño o el estrés contribuyen en gran medida), pero sí es un factor que ejerce una influencia considerable que podemos controlar.

Y hay dos tipos de «sustancias comestibles» (que no «alimentos»), lamentablemente abundantes en los ultra-procesados, que tienen un enorme potencial inflamatorio. Por un lado, los aceites vegetales refinados, repletos de grasas trans y de ácidos grasos omega 6, que se oxidan con apenas mirarlos (léase aceite de soja, de maíz y en general de entes que «no son grasas» en su estado natural, sino que su existencia requiere «magia» a nivel industrial) y, por otro, el azúcar (y todos sus semejantes, léase carbohidratos refinados -integrales o no- de rápida absorción).

Aparte de su probado efecto inflamatorio, su consumo recurrente y reiterado contribuye a aumentar la resistencia a la insulina y la capacidad de las células para obtener su alimento. Sí, también en el cerebro. Esto se traduce en unas neuronas crónicamente inflamadas y hambrientas que, muy a su pesar y aunque vivan inundadas en glucosa, pierden paulatinamente su capacidad de acceder a ella y acaban por tirar la toalla.

Así que lejos de ser condiciones inevitables e implacables, los trastornos del cerebro pueden de veras beneficiarse de una dieta abundante en grasas saludables, baja en carbohidratos de rápida absorción y rica en micronutrientes. Así que humildemente te recomiendo que pienses en tus amadas neuronas la próxima vez que te enfrentes cara a cara con esa lasaña precocinada o ese croissant de quién sabe qué.

Y que tu sagaz «yo del futuro» siempre se pregunte si fue tu dieta lo que impidió el declive de tu cerebro.

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