Richard Veech y la cetosis

Si en el artículo anterior prometí que (si tenías paciencia y no sucumbías al aburrimiento) acabarías sabiendo más que el 90% de la gente que habla del keto (para bien o para mal), ahora te aseguro que, si me concedes solo unos minutos de paciencia más, terminarás este sabiendo más que el 99%.

Y va por delante que no abogo por que la dieta cetogénica sea de seguimiento obligado por y para todos, en todo momento y para siempre, en absoluto, pero sí puede convertirse en un aliado inestimable para un porcentaje considerable de personas, no solo en su noble afán de perder esos michelines que asoman por encima del pantalón, sino también como herramienta terapéutica capaz de mejorar ostensiblemente un sinfín de condiciones (para las que la farmacología actual no se ha demostrado demasiado hábil, todo sea dicho). Y a pesar de las inquietudes que aún hoy despierta en algunas consultas médicas y comités de expertos nutricionales (que o bien se resisten a cambiar de opinión o bien a ahondar en la nueva ciencia que empieza a acumularse y ya clama a gritos un poco de atención), en el mundillo académico cada vez retumba con más vigor la convicción de que es un estado de cetosis cíclica aquello para lo que nuestro organismo está mejor adaptado (y no la escarpada montaña rusa de picos y bajones abruptos de glucemia a la que nos abocan esas viejas fotocopias de menús semanales a base de pan, pasta y patatas con natillas de postre, que mucho me temo se siguen repartiendo impunemente por ahí).

 

Por lo pronto, la dieta cetogénica ya se ha demostrado una terapia inocua pero efectiva en decenas de frentes diferentes, desde el sobrepeso, la diabetes tipo 2 o la epilepsia, hasta las demencias y el deterioro cognitivo, el párkinson, la esclerosis lateral amiotrófica, el covid-19 y algunos tipos de cáncer, o las enfermedades cardiovasculares, la bulimia, el trastorno bipolar, la esquizofrenia, el síndrome de ovario poliquístico e incluso dos de los grandes enemigos de nuestro derecho inalienable a buscar la felicidad:[i]

Esa cetosis que despierta tantas pasiones como recelos, tiene propiedades antidepresivas y ansiolíticas, sí.

Y el mecanismo subyacente parece que no se limita a sus sempiternos efecto antiinflamatorio, disminución del estrés oxidativo y mejora del rendimiento mitocondrial, no. El keto tiene el peculiar poder de reequilibrar el balance entre los dos neurotransmisores que regulan la actividad del cerebro: el glutamato (que vendría a ser su pedal del acelerador) y el GABA (el freno). De ahí que alivie tanto la sintomatología depresiva y la fatiga, como la ansiedad.

Los niveles bajos y relativamente constantes de glucosa en sangre promueven la síntesis y la transmisión del GABA, lo que nos permite tener la mente lúcida y sagaz (aunque sí optimiza la cognición, no hace milagros tampoco – yo misma llevo muchos años siguiendo la dieta y para premio Nobel la verdad que no voy), pero sosegada y calmada. Por el contrario, los niveles altos y fluctuantes de glucosa en sangre (sí, esos a los que nos aboca la dieta a base de pan, pasta, arroz, maíz y patatas) fomentan la situación contraria, que aumente la síntesis de glutamato (cuyas concentraciones crónicamente altas se relacionan con la sintomatología ansiosa y pueden llegar a destruir las neuronas por sobreexcitación reiterada).

Vamos, que el keto sería como un pie cómodamente apoyado en el pedal del freno que nos permite bajar una cuesta empinada con calma, a velocidad constante y sin descender en picado, mientras que la dieta rica en carbohidratos (y sus abruptos picos de glucosa subsiguientes a las hasta once raciones diarias de féculas y farináceos que recomienda la pirámide) vendría a ser como bailar un zapateao’ tras el volante, pisando a fondo el pedal del acelerador y el del freno alternativamente, lo que obligaría al pobre coche a avanzar y parar a trompicones… hasta que nos cargamos la transmisión.

Y funciona, doy fe que funciona, en especial, cuando no compite con años de medicación ansiolítica o antidepresiva. Pero, a menudo, sus capacidades se reciben con grandes dosis de desconfianza, por dos motivos. Primero, porque se confunde la cetosis nutricional (una condición perfectamente sostenible y compatible con un estado óptimo de salud) y la cetoacidosis diabética (un cuadro potencialmente mortal que pueden sufrir los diabéticos tipo 1, que son aquellos cuyos páncreas no tiene la capacidad de segregar insulina). Y aunque no me cabe duda de las buenas intenciones que hay detrás, asumir que una es peligrosa por su lejana semejanza a la otra, es un craso error. Si bien ambas muestran concentraciones considerables de cuerpos cetónicos en sangre, en la cetoacidosis diabética son muy superiores, de hasta un orden de magnitud mayor (hablamos de una concentración que va desde 0,5 o 1 milimolar para la cetosis nutricional, en contraposición a más de 10 milimolar para la cetoacidosis). Sería como comparar una alegre brisa de primavera con un huracán. Además, es prácticamente imposible que una persona cuyo páncreas no haya perdido la capacidad de segregar insulina sufra este cuadro, a menos que esté al borde del coma etílico (en cuyo caso, la culpa es más del alcohol que de las cetonas). Sin embargo, la cetosis arrastra su mala fama.[ii]

Y segundo… porque la cetosis aún es una gran desconocida y todos los humanos tendemos a desconfiar de lo que no conocemos y nos acogemos al porfiado sesgo del status quo (esa innegable tendencia a preferir que las cosas, incluso aunque sepamos que existen alternativas mejores, se queden tranquilitas tal como están) y la trampa de la prudencia (esa innata inclinación a no arriesgar y elegir preferentemente el ir sobre seguro), que vendrían a converger en aquellos sabios e imperecederos «no es de ser prudente, nadar contra corriente» y «virgencita, virgencita, que me quede como estoy».


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Hace años que no me permito entrar en discusiones con las almas que no están por la labor de escuchar, porque sé que la inmensa mayoría de las veces, mi esfuerzo será inútil y mis vanos intentos de explicar cómo y por qué caerán en saco roto. La vida es demasiado corta para perder el tiempo luchando contra molinos, pero… cuando veo que asoma una mentalidad más o menos abierta, sí suelo recurrir a una estrategia rápida y eficaz, mi casi infalible as en la manga. Y les pregunto si, como mínimo, se plantearían oír la versada opinión al respecto de un eminente médico doctor en bioquímica que dedicó su carrera, precisamente, a indagar en los entresijos más recónditos de la cetosis y de nuestro metabolismo, durante los cerca de 50 años que lideró su propio grupo de investigación científica en los National Institutes of Health, el organismo gubernamental estadounidense que maneja la biomedicina y la salud pública del país, después de formarse en la Facultad de Medicina de Harvard y en el laboratorio de investigación bioquímico-metabólica, discutiblemente, más prestigioso que haya existido jamás, el de Sir Hans Krebs en la Universidad de Oxford –sí, el mismísimo pupilo de Otto Warburg, quien descubriría el providencial efecto Warburg al percatarse de que las células cancerosas prefieren quemar glucosa en lugar de oxígeno, en el que se basan las terapias metabólicas contra el cáncer del nuevo milenio, a quien además Krebs ayudaría a hacerse con el Nobel de medicina en 1931, ubicando dónde tenía lugar la respiración celular, poco antes de ganar el suyo propio en 1953 por desenmarañar la ruta bioquímica que nos permite convertir lo que comemos y respiramos en energía, el ciclo del ácido cítrico (o de Krebs, sí, mismamente él).

Si la respuesta de mi interlocutor de mente presumiblemente abierta es que sí, le replico con una célebre y prístina frase de nuestro erudito médico y doctor en bioquímica, que dedicó su vida, precisamente, a estudiar las cetonas y el metabolismo, así que sabía muy bien de qué hablaba cuando decía «La cetosis no es peligrosa: es el estado normal del ser humano», la segunda cita más famosa del insigne Richard Veech. Y si responde con algún tipo de improperio, no le contesto… aunque mi trabajo me cuesta no espetarle la primera –que enseguida hará su aparición estelar.

El pequeño Charlie Abrahams logró que su popularidad se disparase como un cohete al firmamento, pero fue la incansable labor del eminente y heroico Dr. Richard Veech quien le insufló el combustible. Él fue el alma máter académica del poder terapéutico de la dieta cetogénica y quien desvelaría los secretos de las minúsculas baterías bioquímicas que dan fuelle al proverbial motor de combustión que nos mantiene vivos. Y he aquí su historia.

Veech nació en el 1935 en una pequeña ciudad junto a Chicago. Apenas cumplido un cuarto de siglo en este mundo, se graduaba el primero de su promoción en la Facultad de Medicina de Harvard, pero pronto se dio cuenta de que (dicho por él) «no sabía gran cosa» sobre las enfermedades que mataban a la gente y pensó que «es mejor que aprenda más».

Igual que el ilustre Hans Krebs comenzó su prolífica andadura en el laboratorio de Otto Warburg por pura serendipia o los inescrutables designios de su propio destino (eludió la supra-exigente criba de su futuro mentor gracias a la oportuna recomendación de un conocido mutuo, con quien Warburg coincidió en una cena en casa de Albert Einstein), también Veech acabaría trabajando en el laboratorio de Krebs gracias a que un conocido mutuo intercedió y giró la veleta a su favor, hablando a su futuro mentor de su colosal pasión por desentrañar la bioquímica que subyace a la salud… y a la enfermedad. Quizás para devolverle al universo el favor que le había abierto a él las puertas del laboratorio de Warburg 35 años antes, en 1966, Krebs accedía a entrevistar a ese recién licenciado sin apenas experiencia en investigación y, poco después, a hacerle un hueco en el que se consideraba «el mejor laboratorio del mundo».

Nada más aterrizar en Oxford, sin darle apenas tiempo para deshacer las maletas, Krebs encargaría a Veech el intrincadísimo proyecto que, solo tres años después, inspiraría la publicación más extensa de toda la fructífera carrera de Krebs (cuya autoría compartiría con Veech) y que marcaría un punto de inflexión en el futuro de nuestro joven héroe y (me atrevería a añadir) también… en el tuyo y en el mío.[iii]

Imagen cortesía de Travis Christofferson

A finales de 1968, cuando la inminente llegada de Neil Armstrong a la luna ya se esbozaba como un espejismo traslúcido en el horizonte, Veech volvía a Oxford desde Boston, donde le habían invitado a dar una conferencia sobre el fruto de su trabajo con Krebs, cuya cosecha tendría que esperar más de lo previsto. Su vuelo, lamentablemente, se estrelló contra una pequeña cordillera al norte de Boston. En el triste accidente murieron 32 de los 42 pasajeros y toda la tripulación. Veech fue uno de los diez «afortunados» que, gracias a que viajaban en la parte trasera del avión, lograron sobrevivir al impacto y salir, por un desgarro en el fuselaje, del infierno que se desató.

Uno de los supervivientes de la tragedia relató cómo nuestro Veech le había puesto a salvo, junto con otro pasajero, antes de que los restos del avión fueran presa de las llamas. También recordaba vívidamente que, mientras el doctor atendía a los supervivientes como podía, pese a carecer de suministros médicos y cargar con múltiples laceraciones en la cara y en la cabeza, además de una costilla rota y una vértebra aplastada (lesiones que lo atarían a una cama de hospital durante meses y marcarían sus facciones de por vida), oyeron chillar a un hombre que estaba atrapado bajo los tórridos restos de la nave. El testigo evocó a nuestro Veech precipitándose hacia las llamas para rescatarlo. También le describió como «un verdadero héroe».

Lavoisier, el padre de la química moderna, destapó la existencia del proverbial motor de combustión que nos insufla la chispa de la vida. Warburg lo ubicó en las futuras y hoy idolatradas mitocondria. Y Krebs descubrió cómo funciona el ciclo de reacciones que la mantiene encendida, apenas quince años antes de encomendarle a su principiante, pero brillante nuevo pupilo, la ardua tarea de cuantificar el fulgor de la chiribita que lo impulsa. Y su trabajo reveló que las coenzimas nucleotídicas, las mini-baterías bioquímicas que nos mantienen vivos y que recargamos continuamente con aquello que comemos y el oxígeno que respiramos, son interdependientes entre sí y conforman una enmarañada red de conexiones, una suerte de ecosistema metabólico en el que todos los componentes dependen de todos los demás. Y ambos fueron conscientes de la trascendencia que ello tendría sobre nuestra salud… y enfermedad. Cualquier cambio en la energía de cada una de ellas, por minúsculo que fuera, repercutiría en la energía de las demás, lo que, a su vez, afectaría a las reacciones que alimentaban, cuyo menor rendimiento influiría sobre la primera, en una suerte de bucle sin fin.

Si la producción de energía disminuía o se enlentecía, todos los procesos biológicos del organismo se verían afectados… pero, si se encontrase un modo de impulsar la carga de esas mini-baterías, ni que fuera solo una de ellas, todo el metabolismo ganaría en eficiencia. Desde la propia producción de energía, hasta las rutas bioquímicas que nos libran de los tóxicos y los metales pesados o la síntesis de los neurotransmisores y hormonas que regulan nuestro funcionamiento y estado de ánimo, la resistencia física, la cognición, la memoria, la digestión, el sistema inmune y la replicación celular que nos mantiene jóvenes… todo, sencillamente, funcionaría mejor.

Sería como tropezar con la proverbial fuente de la juventud.

He aquí el particular eureka del heroico Richard Veech, el hito crucial que marcaría tanto su vida, como (me atrevería a augurar) la tuya, la mía y la de incontables seres humanos habidos y por haber. Y aunque no me cabe duda de que le invadió la misma sensación que al buen Arquímedes en la bañera, Veech no dijo «eureka», no. Le pegaba mucho más aquella cita que el tiempo elegiría la más célebre de todas, la que trabajo me cuesta no espetar a quienes se niegan a oír su segunda frase más famosa (o que «la cetosis no es peligrosa, sino el estado natural del ser humano»), una tan franca, directa y certera como él:

¡Son las cetonas, estúpido!

Y no fue para menos. Veech descubrió que el beta-hidroxibutirato (el rey indiscutible de los cuerpos cetónicos que sintetizamos cuando ayunamos o seguimos una dieta cetogénica), posee el poder único y extraordinario de aumentar la energía potencial de una mini-batería que necesitamos para llevar a cabo todas las reacciones bioquímicas que nos mantienen vivos, el hoy ya celebérrimo ATP (por adenosín trifosfato), que se apoda nuestra «moneda de cambio energético» por su importancia cabal para el almacenamiento de energía. He aquí la proverbial fuente de la juventud. No es agua bendita en un cáliz de oro, ni los polifenoles del vino tinto o del aceite de oliva, ni siquiera esos batidos 100% vegetales supuestamente detox, no… sino una humilde y pequeña cetona, la molécula que, con su soplido, alienta la chispa de la vida.[iv]

Veech sostenía que muchas enfermedades a las que nos enfrentamos hoy se deben a que rara vez entramos en ese estado terapéutico de cetosis. También se refería a los cuerpos cetónicos como «supercombustible» por su capacidad para corregir problemas de salud que surgen por una capacidad reducida para generar energía de manera eficaz. En una publicación de 2001 se planteó cuáles son los usos potenciales del beta-hidroxibutirato y contestó que: «En teoría, cualquier afección en la que el suministro de oxígeno a las células esté comprometido. La lista abarcaría casi todas las enfermedades».[v]

El beta-hidroxibutirato fue crucial para impulsar la evolución humana, porque facilitó nuestra supervivencia y alimentó nuestros cerebros a pesar de la inevitable escasez de alimentos que nos ha perseguido sin piedad a lo largo de la historia. Veech incluso afirmó en el New York Times que:

«La cetosis es un estado fisiológico normal. Yo diría que es el estado normal del ser humano. No es normal tener un McDonald’s y una charcutería en cada esquina. Lo normal es pasar hambre». Pues sí.

Einstein, el último responsable de que Krebs accediese al laboratorio de Warburg, lo que concluyó en que aquél diera cobijo a Veech, dijo una vez que «los intelectuales resuelven problemas, pero los genios los evitan». Y Richard Veech fue un genio a quien el tiempo y el conocimiento que se sigue acumulando están dando la razón.

Es imposible contar cuántos de nosotros, sin saberlo, le debemos la vida o, como mínimo, la talla de pantalón y la sonrisa. Aunque no lo compartas, apuesto a que ya entiendes de dónde viene ese fervor que despierta la cetosis entre quienes la descubren. Y ya ves que yo tampoco estoy libre de sesgos, porque a mí, en efecto, me cambió la vida.


[i] Zhu, H., … & Qin, H. (2022). Ketogenic diet for human diseases: The underlying mechanisms and potential for clinical implementations. Nature: Signal Transduction and Targeted Therapy, 7(1), 11. https://doi.org/10.1038/s41392-021-00831-w

Włodarczyk, A., Cubała, W. J., & Stawicki, M. (2021). Ketogenic diet for depression: A potential dietary regimen to maintain euthymia? Progress in Neuro-Psychopharmacology and Biological Psychiatry, 109, 110257. https://doi.org/10.1016/j.pnpbp.2021.110257

Shamshtein, D., & Liwinski, T. (2022). Ketogenic Therapy for Major Depressive Disorder: A Review of Neurobiological Evidence. Recent Progress in Nutrition, 2(1), 1-1. https://doi.org/10.21926/rpn.2201003

Ricci, A., Idzikowski, M. A., Soares, C. N., & Brietzke, E. (2020). Exploring the mechanisms of action of the antidepressant effect of the ketogenic diet. Reviews in the Neurosciences, 31(6), 637-648. https://doi.org/10.1515/revneuro-2019-0073

Amiel, J. M., & Mathew, S. J. (2007). Glutamate and anxiety disorders. Current Psychiatry Reports, 9(4), 278-283. https://doi.org/10.1007/s11920-007-0033-7

[ii] BIBLIOGRAFÍA RECOMENDADA: Taubes, G. (2021). The Case for Keto: The Truth About Low-Carb, High-Fat Eating.

Christofferson, T. (2020). Ketones, The Fourth Fuel: Warburg to Krebs to Veech, the 250 Year Journey to Find the Fountain of Youth.

[iii] Krebs, H. A., & Veech, R. L. (1969). Equilibrium relations between pyridine nucleotides and adenine nucleotides and their roles in the regulation of metabolic processes. Advances in Enzyme Regulation, 7, 397-413. https://doi.org/10.1016/0065-2571(69)90030-2

Veech, R. L., Eggleston, L. V., & Krebs, H. A. (1969). The redox state of free nicotinamide–adenine dinucleotide phosphate in the cytoplasm of rat liver. Biochemical Journal, 115(4), 609-619. https://doi.org/10.1042/bj1150609a

[iv] Veech, R. L. (2004). The therapeutic implications of ketone bodies: The effects of ketone bodies in pathological conditions: ketosis, ketogenic diet, redox states, insulin resistance, and mitochondrial metabolism. Prostaglandins, Leukotrienes, and Essential Fatty Acids, 70(3), 309-319. https://doi.org/10.1016/j.plefa.2003.09.007

[v] Veech, R. L., Chance, B., Kashiwaya, Y., Lardy, H. A., & Cahill, G. F. (2001). Ketone bodies, potential therapeutic uses. IUBMB Life, 51(4), 241-247. https://doi.org/10.1080/152165401753311780

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Inés Viñas
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