Ya nos hemos acostumbrado a que los paquetes de cigarrillos muestren fotos aterradoras escoltadas por frases dolorosamente francas y muy contundentes, como «fumar puede matar», «fumar provoca cáncer» o «fumar causa embolias e invalidez», pero… ¿y si quienes elaboran ese pan con el que nos hacemos bocatas, o la pasta de las lasañas, o los típicos croissants del desayuno y magdalenas de la merienda, se vieran obligados a incluir en sus productos advertencias del tipo «el trigo produce adicción», «el trigo causa sarpullidos», «el trigo empeora la depresión», «el trigo entorpece la pérdida de peso», «el trigo desencadena patologías autoinmunes» o incluso «el trigo puede provocar psicosis»?
¿Y si las panaderías tuvieran que colgar un aviso en su escaparate que pusiera «consume nuestros productos con moderación y bajo tu propia responsabilidad»? Aunque pueda sonar a película mala de ciencia ficción o pesadilla surrealista, no estoy exagerando, no.
Fiorella contaba apenas 14 años cuando protagonizó un artículo que se publicaría en la prestigiosa revista Nutrients y se sumaría a una larga retahíla de casos clínicos en los que síntomas psicóticos graves desaparecían simplemente… eliminando el trigo de la dieta[i]. Su penosa andadura había comenzado dos años antes, cuando los constantes dolores de cabeza, el insomnio, el malestar, la ansiedad y la dificultad para concentrarse la sumieron en una apatía irritable bañada en llantos.
Tras su diagnóstico de trastorno somático de conversión (que es un apodo biensonante para la antigua histeria, o la presencia de síntomas mentales, sin que nadie encuentre una causa física o somática que pueda explicarlos), a los doce años se le prescribió una benzodiacepina, un potente ansiolítico. Un mes después, Fiorella empeoró y empezó a tener alucinaciones que no distinguía de la realidad. Oía discusiones que no existían y veía personas que salían de la televisión para perseguirla y hacerle daño. Estaba perdiendo peso y sufría síntomas gastrointestinales muy severos, como la hinchazón abdominal, un mal aliento que no lograban apaciguar y un estreñimiento grave y pertinaz… pero las exploraciones físicas y neurológicas no mostraban por qué.
Tras el primer brote psicótico, Fiorella fue ingresada en una clínica psiquiátrica, donde aquel primer diagnóstico pronto mutaría en otro de esquizofrenia paranoide. La pobre preadolescente italiana vivió un auténtico infierno durante el año siguiente. Sufría brotes psicóticos reiterados, con los subsiguientes ingresos en la clínica (a pesar de que al primer fármaco ansiolítico pronto se le unieron los antipsicóticos). Afortunadamente, gracias a su inexorable pérdida de peso, sus padres decidieron consultar a un nutricionista, quien, con el noble propósito de calmar las molestias gastrointestinales… le pautó una dieta sin gluten. Apenas unos días más tarde, tanto los síntomas digestivos, como psiquiátricos, habían desaparecido. Según refirió su madre: «por fin volvía a ser ella». Y siguió siendo ella hasta que, meses después (y a pesar de su esfuerzo por evitar el trigo a toda costa, lo cual no resulta nada fácil viviendo en Italia), comió un poquito inadvertidamente… y en cuatro horas, tanto sus síntomas psiquiátricos como digestivos reaparecieron. Y volvieron a desvanecerse tras unos días de estricta dieta sin trigo.
En 2015, cuando se publicó el artículo que propondría un nombre para su particular cuadro, la prístina «psicosis del gluten», Fiorella llevaba ya casi un año libre de síntomas, de fármacos… y de trigo.
Atrás quedó la antigua concepción de que el gluten solo supone un problema para los celíacos o los alérgicos al trigo «formales».
Me atrevería a augurar que la fama del dulce azúcar pronto se equiparará a la del alcohol (o ese «sabemos que no es lo más sano del mundo, pero un poquito de vez en cuando tampoco hace mucho daño») y también que la reputación que pronto lastrará el sempiterno trigo será comparable a la del tabaco actual (o ese «ya sabes de lo que es capaz, pero tú verás»).
A menudo asumimos que los síntomas que puede desencadenar el trigo (que, por cierto, son extremadamente comunes aunque no medie ningún diagnóstico de celiaquía) se limitan al sistema digestivo (la hinchazón, el dolor abdominal y una relación poco amistosa con el baño, tanto por exceso, como por defecto), pero las dietas exentas de gluten de trigo (y de algunas de sus proteínas análogas presentes en otros cereales, como el centeno o la cebada), mejoran significativamente (y en apenas unos días) graves problemas cutáneos como la psoriasis, la urticaria o los eczemas. Y aunque suene a loca exageración (en especial entre los fieles acólitos de esta nuestra amada dieta Mediterránea, que no imaginamos ni una sola comida sin ese «pan nuestro de cada día»), el consumo de trigo se ha venido asociando con un empeoramiento sustancial de una miríada de condiciones, desde la esquizofrenia, el insomnio, el trastorno por déficit de atención e hiperactividad, la diabetes, la ansiedad, las jaquecas crónicas y migrañas, la depresión, la epilepsia, los problemas de memoria y las deficiencias cognitivas previas al alzhéimer, hasta el autismo.
No exagero, no… ojalá.[ii]
Imagina el poder descomunal que ostenta este cereal (que tanto amamos) sobre el funcionamiento de nuestro cerebro… que es capaz de provocar brotes psicóticos.
Sí, la palabra es «provocar». El de nuestra Fiorella no es un insólito caso aislado, no. Y esta tampoco es una idea inédita, en absoluto.[iii]

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Hace más de cuarenta años que se comprobó empíricamente que el trigo empeoraba la sintomatología de la esquizofrenia y ya treinta que se lanzó al aire la hipótesis de que la susceptibilidad al gluten como responsable de desencadenar patologías (más allá de la alergia o la celiaquía), incluidas las demás enfermedades autoinmunes y las psicosis del gluten —igual que el color de ojos— se hereda. Curiosamente, la madre de nuestra adolescente italiana padecía una tiroiditis autoinmune, una disfunción paulatina de la glándula tiroides, causada por células inmunitarias propias que se descontrolan, se vuelven contra ella y van destruyendo poco a poco el tejido que la conforma.
Y se postula que el pernicioso gluten… también podría estar detrás.
Esta información de trascendencia crucial, mucho me temo, no se ha expandido como se merecía durante las últimas décadas (lo que me entristece profundamente, porque… quién sabe cuánta angustia y dolor, ingresos psiquiátricos o incluso diagnósticos de esquizofrenia nos habríamos ahorrado), pero las tornas también están cambiando.
Aunque todavía consideremos al trigo como un nutritivo e inofensivo básico de nuestra alimentación que no puede faltar en ninguna mesa «normal», a día de hoy, ostenta el diáfano «título oficial» de «agente de la enfermedad mental» y su eliminación terapéutica de la dieta se emplea (y con éxito) como tratamiento para mejorar (o recuperar) la salud mental en el mundo de la psicología, la psiquiatría y la nutrición clínicas.[iv]
No está muy claro aún si la toxicidad encubierta del trigo se debe a que el que comemos hoy ya no se parece en nada al humilde cereal que crecía salvaje hace miles de años o, quizás, a que la especie humana no evolucionó para lidiar con él en las descomunales dosis que nos insuflamos ahora… pero lo que sí sabemos es que es un enemigo declarado de la paz y la integridad de nuestro cerebro.
Otro mecanismo por el que el trigo pondría en jaque el cerebro parece ser la llamada permeabilidad intestinal, ya asociada con (y probable causante de) una lista interminable de enfermedades autoinmunes, que cursan con fatiga, decaimiento y, sí, también depresión clínica. Imagina qué alegría devolverle la sonrisa a alguien que lleva años sintiéndose miserable solo cambiando ese pan por unas nueces…[v]
El epitelio intestinal no solo hace las veces de muralla fronteriza entre «nosotros» y los microorganismos que conforman la célebre microbiota, también impide que aquellas sustancias resultado de la digestión que no necesitamos «se cuelen» dentro nuestro, permitiendo que sigan su curso felizmente. Esta muralla tiene unas puertecitas que se abren y se cierran en situaciones específicas para dejar entrar nutrientes o para expulsar desechos y tóxicos. La encargada de abrirlas es una molécula (descubierta por el equipo del Dr. Alessio Fasano[1]) llamada zonulina.[vi] Y ya se ha documentado que algunas sustancias (como el gluten) promueven la liberación indiscriminada de esta molécula, lo que a su vez resulta en «aperturas no autorizadas» de las puertecitas de la muralla, que dejan las fronteras abiertas y comprometen la defensa de nuestro sistema. Y todo aquello que «se cuele» dentro (a menudo despojos de bacterias con una gran capacidad séptica) tiene el potencial de sembrar el caos en nuestro sistema inmune, que de repente se ve abrumado por un montón de enemigos a los que debe hacer frente sin dilación (y que no estarían «dentro nuestro» si no hubiéramos elegido activamente consumir ese gluten). Esta desafortunada «apertura no autorizada» permite que proteínas sin digerir «se cuelen» en el torrente sanguíneo, lo que a su vez promueve que el sistema inmune cree anticuerpos contra ellas. Y algunos (como los antigliadina, un trocito de gluten), atacan no solo a su molécula diana (la gliadina, el enemigo en cuestión), sino también a nuestras propias células (los inocentes transeúntes que tienen la mala suerte de parecerse a los malos), por el desafortunado «mimetismo molecular» (sí, por la mera semejanza entre moléculas). De hecho, se postula incluso que son los autoanticuerpos que blandimos contra la gliadina del trigo los que disparan «fuego amigo» y acaban por destruir las células de la tiroides, lo que a su vez desencadena la tiroiditis autoinmune, causa habitual de fatiga y depresión, como la que sufre la madre de Fiorella.[vii]
Y ojalá el único problema fuera que es tentadoramente adictivo o que tiene el poder de desencadenar episodios psicóticos en personas genéticamente susceptibles, pero… me temo que no.
Tendemos a creer que cualquier farináceo (léase: pasta o pan) integral es el más saludable adalid de la (casi mágica) dieta Mediterránea, pero la cruda realidad es que la harina de trigo integral es la más rica en aglutinina del germen de trigo. Aunque, dicho así, quizás no levante muchas suspicacias, esta proteína es una lectina, un mecanismo de defensa que el mundo vegetal blande contra los hongos y, en general, los seres que quieren hacerle daño (o comérselo) y que abunda en las semillas (mismamente, como los granos de trigo que molemos para hacer harina o las legumbres). Debido a su capacidad para unirse a prácticamente todos los tipos de células y causar daño en los tejidos, las lectinas son ampliamente reconocidas como antinutrientes inflamatorios para los que algunos de nosotros somos particularmente susceptibles[viii]… hasta el punto que ya se ha propuesto la hipótesis de que son el desencadenante que deviene en párkinson (y se postula que esta tesitura explicaría que los vegetarianos tengan un riesgo mayor de desarrollarlo que los omnívoros).[ix]
No me lo invento, no…
Parece que las lectinas que ingerimos pueden ser transportadas hasta el tejido cerebral a través del eje intestino-cerebro, esa conexión fisiológica entre lo que comemos y lo que se cuece en nuestra mente. Y aunque se dice que su efecto se reduce tras el cocinado, tendrían un supino potencial nocivo e inflamatorio en las neuronas. Además, podrían adherirse a la vaina de mielina, la sutil capa protectora de los nervios (que, por cierto, es la que se desmorona dolorosamente dando lugar a la cruel esclerosis múltiple, una enfermedad neurodegenerativa y autoinmune… que también suele mejorar mucho cuando se elimina el trigo de la dieta).[x]
Así que puedes no dar positivo en los análisis de rutina que miden los anticuerpos contra el gluten, pero ser susceptible a sus lectinas, que despertarían la respuesta inflamatoria, que a su vez promovería la destrucción paulatina de tus neuronas. Puede que sea una hipótesis todavía, sí… pero también da que pensar.
Incluso se ha evidenciado que estos anticuerpos antigliadina atacan las proteínas que conforman el cerebelo y estas vainas de mielina (cuyo deterioro deviene en esclerosis múltiple)[xi]. Así que el trigo promovería esta devastadora enfermedad por, como mínimo, dos flancos: las traicioneras lectinas que se adhieren a la vaina de mielina y los autoanticuerpos que la atacan, o, incluso, quizás por tres… porque el trigo también reduce la concentración del llamado factor neurotrófico derivado del cerebro, la proteína que necesita para regenerar el tejido dañado.[xii]
Afortunadamente, esta desoladora tesitura no provoca sintomatología en todos y cada uno de nosotros. El propio Dr. Fasano lo describe con una claridad exquisita en su contundente:
El gluten es tóxico para todo el mundo, pero no todo el mundo que come gluten enferma.
No habla de celíacos, sino del ser humano como especie. No hemos evolucionado para consumir el trigo que le aporta esa irresistible textura esponjosa al pan o que aglutina los tortellini.
Así que, si hace tiempo que te sientes miserable, pero no entiendes por qué, solo prueba a cambiar esas tostadas por unos huevos o esas placas de lasaña por láminas de calabacín. En apenas una semana sabrás si eres de los que se despertarían mucho más enérgicos y animados si no tuvieras que lidiar con todo ese trigo. Y el día que el embalaje del pan de molde muestre el aviso de que «el trigo puede dañar tu cerebro» o las panaderías cuelguen el cartel de «prohibida la venta a menores de dieciocho años», ese síndrome de abstinencia inicial será apenas un vano recuerdo lejano y tú llevarás años de ventaja.

[1] El Dr. Fasano es un gastroenterólogo de fama mundial (que auguro pronto se llevará a casa el premio Nobel de medicina). Su (ya célebre) mantra es The Gut is Not like Las Vegas: What Happens in the Gut Does Not Stay in the Gut o «El intestino no es como Las Vegas: lo que pasa en el intestino no se queda en el intestino». Y si hay alguien que lo sabe bien, es él. También es el autor de una guía clínica sobre los trastornos asociados con el gluten (que recomiendo muy fervientemente).
[i] Lionetti, E., … & Catassi, C. (2015). Gluten Psychosis: Confirmation of a New Clinical Entity. Nutrients, 7(7), 5532-5539. https://doi.org/10.3390/nu7075235
[ii] Davis, W. (2019). Adicto al pan: Descubre los secretos más oscuros del trigo.
Perlmutter, D., & Loberg, K. (2020). Cerebro de pan: La devastadora verdad sobre los efectos del trigo, el azúcar y los carbohidratos en el cerebro.
Braly, J., & Hoggan, R. (2002). Dangerous Grains: The Devastating Truth About Wheat and Gluten, and How to Restore Your Health.
[iii] Deans, E. (2011). Wheat and Schizophrenia | Psychology Today. https://www.psychologytoday.com/us/blog/evolutionary-psychiatry/201103/wheat-and-schizophrenia
Dohan, F. C. (1980). Hypothesis: Genes and neuroactive peptides from food as cause of schizophrenia. Advances in Biochem. Psychopharmacology, 22, 535-548.
Dohan, F. C. (1988). Genetic Hypothesis of Idiopathic Schizophrenia: Its Exorphin Connection. Schizophrenia Bulletin, 14(4), 489–494. https://doi.org/10.1093/schbul/14.4.489
[iv] Bressan, P., & Kramer, P. (2016). Bread and Other Edible Agents of Mental Disease. Frontiers in Human Neuroscience, 10, 130. https://doi.org/10.3389/fnhum.2016.00130
Fasano, A. (2012). Leaky gut and autoimmune diseases. Clinical Reviews in Allergy & Immunology, 42(1), 71-78. https://doi.org/10.1007/s12016-011-8291-x
[v] Bischoff, S. C., Barbara, G., Buurman, W., Ockhuizen, T., … & Wells, J. M. (2014). Intestinal permeability – a new target for disease prevention and therapy. BMC Gastroenterology, 14, 189. https://doi.org/10.1186/s12876-014-0189-7
[vi] Fasano, A. (2012). Zonulin, regulation of tight junctions, and autoimmune diseases. Annals of the New York Academy of Sciences, 1258(1), 25-33. https://doi.org/10.1111/j.1749-6632.2012.06538.x
Fasano, A. (2014). Guía clínica para los trastornos asociados con el gluten.
[vii] Akçay, M. N., & Akçay, G. (2003). The presence of the antigliadin antibodies in autoimmune thyroid diseases. Hepato-Gastroenterology, 50 Suppl 2, cclxxix-cclxxx.
Tucková, L., Tlaskalová-Hogenová, H., Farré, M. A., Karská, K., Rossmann, P., Kolínská, J., & Kocna, P. (1995). Molecular mimicry as a possible cause of autoimmune reactions in celiac disease? Antibodies to gliadin cross-react with epitopes on enterocytes. Clinical Immunology and Immunopathology, 74(2), 170-176. https://doi.org/10.1006/clin.1995.1025
[viii] Killilea, D., Mcqueen, R., & Abegania, J. (2020). Wheat germ agglutinin is a biomarker of whole grain content in wheat flour and pasta. Journal of Food Science. https://doi.org/10.1111/1750-3841.15040
de Punder, K., & Pruimboom, L. (2013). The Dietary Intake of Wheat and other Cereal Grains and Their Role in Inflammation. Nutrients, 5(3), 771-787. https://doi.org/10.3390/nu5030771
Pusztai, A., … & Bardocz, S. (1993). Antinutritive effects of wheat-germ agglutinin and other N-acetylglucosamine-specific lectins. The British Journal of Nutrition, 70(1), 313-321. https://doi.org/10.1079/bjn19930124
[ix] Zheng, J., Wang, M., Wei, W., Keller, J. N., Adhikari, B … & Laine, R. A. (2016). Dietary Plant Lectins Appear to Be Transported from the Gut to Gain Access to and Alter Dopaminergic Neurons of Caenorhabditis elegans, a Potential Etiology of Parkinson’s Disease. Frontiers in Nutrition, 3, 7. https://doi.org/10.3389/fnut.2016.00007
[x] O´Bryan, D. T. (2020). La curación autoinmune.
[xi] Vojdani, A., Kharrazian, D., & Mukherjee, P. S. (2014). The Prevalence of Antibodies against Wheat and Milk Proteins in Blood Donors and Their Contribution to Neuroimmune Reactivities. Nutrients, 6(1), 15-36. https://doi.org/10.3390/nu6010015
[xii] Elesawy, B., … & Sakr, H. F. (2021). Whole and refined grains change behavior and reduce brain derived neurotrophic factor and neurotrophin-3 in rats. Journal of Food Biochemistry, 45(8), e13867. https://doi.org/10.1111/jfbc.13867

