Los trastornos mentales y el SOMP

Primero, las malas noticias: sí, las mujeres «elegidas» por el SOMP compartimos una incidencia significativamente mayor de muchas condiciones psiquiátricas (que pueden aparecer a lo largo de toda nuestra vida) como la depresión, la esquizofrenia, la ansiedad generalizada, el trastorno bipolar, la fobia social o los desórdenes de la conducta alimentaria. Las probabilidades de que arrastremos sendas prescripciones vitalicias de antidepresivos y ansiolíticos son alarmantemente altas. Además, nuestros intentos de suicidio son siete veces más frecuentes que en las «no elegidas»[i].

Y ahora ya sí, vamos con las buenas noticias.

La primera es que no, no es culpa nuestra. No somos unas lloricas compulsivas, ni tampoco unas rancias sin ganas de socializar o ir al gimnasio para encontrarnos mejor, ni siquiera unas histéricas con flojera y poca fuerza de voluntad que no quieren asumir su realidad, relativizar su situación y sonreírle al destino con optimismo para dar un vuelco a su vida… que es lo que nos suelen aconsejar para que podamos asomar la cabeza y salir del hoyo. Y son estrategias muy válidas, siempre y cuando el hoyo no tenga un origen fisiológico, como el nuestro.

No somos unas vagas quejicas que se refocilan en su desdicha, no. Solo convivimos con un cerebro hambriento e inflamado que lucha por nutrirse y prosperar.

La segunda buena noticia es que disponemos de una solución inocua y efectiva para eludir (e incluso «tratar») esos cuadros psiquiátricos que nos aquejan sin piedad. La misma dieta de bajo índice glucémico que nos libra de ese antes terco sobrepeso frecuentemente asociado al SOMP (que mantiene los niveles de glucosa e insulina en sangre estables y bajos) y además mitiga sus incómodos síntomas visibles, también alivia los que no se ven, pero que arrastramos como un lastre silencioso y desolador.

Y la esperanzadora tercera noticia es… que ya sabemos cómo y por qué. Antes de aventurarnos por esta delicada senda quisiera trasladar un mensaje clave para nuestra mutua paz espiritual:

«Nunca debemos dejar medicación de prescripción psiquiátrica de golpe o sin un acompañamiento médico y una monitorización compulsiva y constante, porque las consecuencias pueden ser desde bastante desagradables a muy peligrosas».

Aclarado esto, vamos a presentar el esperanzador mensaje que nos trae la flamante psiquiatría nutricional, para acompañarnos en nuestra particular contienda contra los desgarradores síntomas no visibles del SOMP.

Una carga colosal que solemos compartir las mujeres «elegidas», muy a nuestro pesar, es la depresión. Y no me refiero a una leve melancolía pasajera, no. Todos fluctuamos en nuestro estado de ánimo y sufrimos épocas de pena y angustia paralizantes tras una pérdida o una experiencia traumática, pero solo se te diagnosticará depresión si la sintomatología se alarga en el tiempo y además supone un serio obstáculo para tu funcionamiento. No se trata de tristeza, frustración o desilusión, no, sino de una desgarradora brecha en tu vida que se puede alargar años y que eres sencillamente incapaz de sortear. Y más allá de la enorme desazón que obviamente nos provocan tanto ese hirsutismo, como ese acné, esa calvicie, esa imposibilidad de concebir, ese inclemente síndrome premenstrual y esas reglas horribles, nuestra depresión no se debe a que no sepamos afrontar las circunstancias que nos rodean, ni tampoco es una enfermedad, no… es un síntoma.

Las mujeres «elegidas» tendemos a no metabolizar bien la glucosa que consumimos, hasta el punto de que su ingesta nos inflama y nuestros niveles de estrés oxidativo (el acúmulo de radicales libres que acaban por dañar los tejidos, cerebrales incluidos) aumentan sustancialmente[ii]. Así que nosotras no respondemos igual a la ingesta de dulces, féculas y farináceos (por muy integrales que sean) que las «no elegidas». Y la alimentación a base de cereales de desayuno, pan, pasta, arroz, maíz y patatas, por muy mediterránea que sea, a la larga, acaba por sentarnos fatal. Vivir en un estado inflamatorio crónico de baja intensidad es básicamente nefasto para nuestro organismo, porque lo sume en un estado de lucha perpetuo y abruma sus sistemas. También acaba por abrirle la puerta a las enfermedades crónicas no transmisibles que representan las principales causas de discapacidad y mortalidad en el mundo (léase el cáncer, las enfermedades cardiovasculares, la diabetes tipo 2, la enfermedad renal crónica, el hígado graso no alcohólico, los trastornos autoinmunes, las enfermedades neurodegenerativas o la susodicha depresión). En cambio, la dieta baja en carbohidratos no solo es antiinflamatoria[iii] y reduce nuestros marcadores de estrés oxidativo, también les ahorra el dopaje extra a nuestras laboriosas células productoras de andrógenos de la teca ovárica[iv]. Y eso nos evita a nosotras mucha desazón y una fortuna en depilación.

Los mecanismos endógenos que originan trastornos mentales incluyen los desequilibrios en los mensajeros bioquímicos (tanto las hormonas, como los neurotransmisores), este estrés oxidativo (el acúmulo de radicales libres en el tejido cerebral) y los déficits nutricionales, junto con la inflamación y la resistencia a la insulina en el tejido cerebral. ¿Te pitan los oídos?

Sí, las «elegidas» compartimos una mayor incidencia de cuadros psiquiátricos, sencillamente, porque nacemos más vulnerables tanto a esa pertinaz inflamación (que acentúan nuestros picos reiterados de glucosa) como a la resistencia a la insulina (cuya cantinela lleva acompañándonos las últimas seis caras).

La mayoría de las neuronas necesitan insulina para sobrevivir[v]. De hecho, no solo es la llave que les permite acceder a su principal combustible, la glucosa, sino que ejerce de hormona antiapoptótica, evitando que se suiciden. Así que la resistencia a la insulina (la sordera progresiva de las células a su presencia) no solo obstaculiza el acceso de las neuronas a la glucosa que las nutre, sino que promueve su apoptosis, el suicidio celular. Y si la situación no revierte, el tejido cerebral afectado acaba por morirse de hambre y hacerse añicos. El cerebro deprimido está inflamado, hambriento, abrumado y falto de antioxidantes que desarmen esos pendencieros radicales libres antes de que se acumulen[vi]. Y el nuestro sí es más proclive a deprimirse, pero no porque seamos de lágrima fácil, ni hayamos salido «flojas de mente», sino porque somos más vulnerables, tanto a la inflamación, como a la resistencia a la insulina[1].

La cuarta buena noticia es que ambos factores causales se aplacan gracias a la misma dieta que nos ayuda a adelgazar y que mitiga nuestros rasgos andrógenos mientras aumenta nuestras exiguas probabilidades de concebir. Y ya la quinta… es que su efecto terapéutico en psiquiatría no se limita a la depresión.

Hoy sabemos que tanto la esquizofrenia como el trastorno bipolar y la ansiedad generalizada comparten una habilidad menguada para la utilización de la glucosa por parte del tejido cerebral[vii]. Y también que la dieta de baja carga glucémica puede «tratarlos» —en ocasiones, incluso mejorando los resultados de la medicación. Y esta curiosa tesitura, a priori poco llamativa para los no-diagnosticados, es un notición lleno de posibilidades para las mujeres «elegidas», porque nuestra innata vulnerabilidad ante estos cuadros psiquiátricos devastadores e incapacitantes se contrarresta, simplemente, reduciendo la inflamación que nos invade cuando nos hinchamos a glucosa… y dándole a nuestro cerebro un combustible alternativo (los cuerpos cetónicos que vienen de la mano de los niveles bajos de insulina y que pronto conoceremos).

No eres una «flojeras llorica», no. Eres un coche a gasolina a quien insisten en llenar con diésel. No eres tú, ¡es tu dieta!

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[1] El mecanismo subyacente no está muy claro, pero se postula que la resistencia a la insulina empezaría en la membrana hematoencefálica, la barrera protectora del cerebro. Esta se volvería sorda a la señal insulínica paulatinamente, de manera que la glucosa entraría sin problemas, pero la insulina no. Esto se traduciría en neuronas hambrientas rodeadas de glucosa que no pueden usar porque o bien no disponen de suficiente insulina que se lo permita, o bien no la detectan. Y acaban por perecer. Afortunadamente, se cree que este proceso es reversible hasta fases muy avanzadas.

[i] Månsson, M., Holte, J., Landin-Wilhelmsen, K., Dahlgren, E., Johansson, A., & Landén, M. (2008). Women with polycystic ovary syndrome are often depressed or anxious—A case control study. Psychoneuroendocrinology, 33(8), 1132-1138. https://doi.org/10.1016/j.psyneuen.2008.06.003

[ii] González, F. (2012). Inflammation in Polycystic Ovary Syndrome: Underpinning of insulin resistance and ovarian dysfunction. Steroids, 77(4), 300-305. https://doi.org/10.1016/j.steroids.2011.12.003

[iii] Youm, Y.-H., Nguyen, K. Y., Grant, R. W., Goldberg, E. L., Bodogai, M., … & Dixit, V. D. (2015). The ketone metabolite β-hydroxybutyrate blocks NLRP3 inflammasome–mediated inflammatory disease. Nature Medicine, 21(3), 263-269. https://doi.org/10.1038/nm.3804

[iv] Barrea, L., Marzullo, P., Muscogiuri, G., Di Somma, C., Scacchi, M., … & Savastano, S. (2018). Source and amount of carbohydrate in the diet and inflammation in women with polycystic ovary syndrome. Nutrition Research Reviews, 31(2), 291-301. https://doi.org/10.1017/S0954422418000136

[v] Tan, J., Digicaylioglu, M., Wang, S. X. J., Dresselhuis, J., Dedhar, S., & Mills, J. (2019). Insulin attenuates apoptosis in neuronal cells by an integrin-linked kinase-dependent mechanism. Heliyon, 5(8), e02294. https://doi.org/10.1016/j.heliyon.2019.e02294

[vi] Berk, M., Williams, L. J., Jacka, F. N., O’Neil, A., Pasco, … & Maes, M. (2013). So depression is an inflammatory disease, but where does the inflammation come from? BMC Medicine, 11(1), 200. https://doi.org/10.1186/1741-7015-11-200

[vii] Norwitz, N. G., Dalai, S. S., & Palmer, C. M. (2020). Ketogenic diet as a metabolic treatment for mental illness. Current Opinion in Endocrinology, Diabetes, and Obesity, 27(5), 269-274. https://doi.org/10.1097/MED.0000000000000564

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Inés Viñas
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