Tú «eres» tu cerebro. Tu personalidad, tus pensamientos, tu afán de superación, tu ingenio, tu curiosidad, tus emociones, tus talentos, tu resiliencia, tus opiniones, tus deseos, tus inquietudes y cada decisión que tomas… son tu cerebro. Él es el responsable de tu estado de ánimo y de tu capacidad para sentir, recordar, percibir estímulos, interpretar el mundo que te rodea, juzgar, razonar, captar ironías, elaborar estrategias, planear, imaginar, crear, forjar relaciones, comunicarte, jugar, aprender, perdonar, agradecer, reír o amar. Y tu cerebro no tiene otra manera de hacerte saber que está sufriendo que dejando de funcionar bien y sumiéndote en la letargia, la neblina mental, la ansiedad, la depresión, la irritabilidad, los cambios de humor o algo peor. Y hoy sabemos que nunca es demasiado pronto, pero tampoco demasiado tarde, para empezar a cuidarlo y preservar su integridad, avituallándole con todo lo que necesita para prosperar y protegiéndolo de todo lo que se lo impide… y así blindarlo desde dentro.
Todos fluctuamos en nuestro estado de ánimo y sufrimos épocas de pena paralizante y angustia tras una pérdida o experiencia traumática. Nadie espera que te pases el día riendo a carcajadas ni en un nirvana eterno, tampoco que no experimentes dolor cuando te rompan el corazón o que no te invada la tristeza cuando la vida te pegue un revés. La ansiedad a la que nos enfrentaremos aquí no es la que nos embarga cuando vemos una araña que parece sacada de una peli de miedo, ni cuando revivimos una experiencia traumática, ni siquiera la taquicardia o el pánico escénico propios de la noche de estreno de tu primer papel protagonista, o de la entrevista para el trabajo de tus sueños, o de la primera cita con esa persona ideal que llevabas décadas esperando. Afortunadamente, la psicología cuenta con técnicas muy eficaces para mitigar la excitación (que es perfectamente comprensible y muy normal) cuando se excede en sus competencias. No. Aquí nos veremos las caras con esa ansiedad desadaptativa que aparece sin motivo alguno que la justifique y que no responde a los ejercicios de relajación, ni a las terapias psicológicas (de ahí que se tienda a esconderla bajo la alfombra con ansiolíticos). Esa sensación tan engorrosa que se apodera de ti y agarrota tus músculos, bloquea tu capacidad de razonar, acelera tu ritmo cardíaco y te impide pensar con claridad, hablar sin tartamudear o mantener tus manos y tus axilas cómodamente secas, casi como si te acechase un león hambriento, pero sin león. Esa angustia paralizante que simplemente no puedes controlar, porque es fruto de un baile desacompasado entre tu entorno, tus neurotransmisores y tú.
Y no es culpa tuya.
El objetivo que compartimos es que nuestro estado de ánimo no esté perennemente por los suelos sin una causa aparente, ni respondamos a situaciones cotidianas como si nos jugásemos la vida. La meta es tener la energía y las ganas de saltar de la cama y salir al mundo dispuestos a ejercer nuestro derecho inalienable a buscar la felicidad. Queremos ser resilientes ante los inevitables reveses que aparezcan en nuestro camino para poder levantarnos y mirar hacia delante con todo el optimismo humanamente posible (incluso a pesar de que esta tronada década de los 2020 no parece querer ponérnoslo nada fácil).
Todos tenemos clarísimo que debemos cuidar la dieta para rellenar nuestros almacenes de vitaminas y minerales, y ahorrarnos el sobrepeso (hoy) o reducir el riesgo de arterias obstruidas y ataque al corazón (mañana), pero pocos somos conscientes del colosal poder que aquello que elegimos poner en el plato ejerce sobre la integridad y el funcionamiento de nuestro cerebro, lo que, a su vez, repercute directamente en las ganas que tenemos de socializar, sonreír, cantar, hacer ejercicio, retozar, sorprender, cuidarnos o salir a bailar.

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¿Y si te dijera que, a día de hoy, existe una intervención médica, en concreto, un tipo de trasplante, capaz de tratar trastornos del estado de ánimo (ansiedad patológica y depresión mayor incluidas) con mejores resultados que los psicofármacos? Y no, no lo he sacado de una película futurista de ciencia ficción. Ya se ha hecho y registrado oficialmente su éxito en seres humanos. Y no, no es un trasplante de cerebro. Es un trasplante de materia fecal. Y sí, el procedimiento consiste justo en eso tan escatológico que te estás imaginando.[i]
Puede que el intestino no sea el tipo de órgano que levante pasiones ni que inspire poemas, como podría ser el propio cerebro o el corazón, pero es el encargado de sintetizar más del 90% de nuestra serotonina, el apodado neurotransmisor del bienestar. Y la gran mayoría de los fármacos antidepresivos funcionan, precisamente, aumentando su concentración. Las labores de la serotonina no solo incluyen la regulación de nuestra conducta (tanto la alimentaria, como la social y sexual), también es fundamental en el control de la atención, los ritmos circadianos, el sueño y la ansiedad. Y aunque, a día de hoy, la vieja hipótesis que achacaba la causa última de la depresión a un déficit de serotonina ya ha caído de su pedestal (para emerger como una condición inflamatoria o como un mero síntoma de otras condiciones subyacentes, un tema fascinante que daría para un curso entero), si tu sistema serotoninérgico sufre, ten por seguro que lo notarás.
Aunque más adelante ahondaremos largo y tendido en el peligro de la desmicronutrición (y cómo atajarla para ahorrarnos los trastornos del estado de ánimo que sí provoca), no voy a limitarme a proponer una lista de alimentos ricos en triptófano (el aminoácido precursor de la serotonina) y prometerte a cambio una vida de alegre y resiliente caminar, no. Básicamente porque te estaría mintiendo como una bellaca y me quedaría muy corta. Esto irá mucho más allá.
La esperanzadora neurogastroenterología nació cuando se descubrió que hay un segundo cerebro en el intestino.
No es una metáfora sobre mariposas que aletean sin control cuando vemos a esa persona especial que nos tiene robado el corazón, ni de malas noticias que sentimos como dolorosas patadas en el estómago, no: nuestra barriga cobija a un segundo cerebro autónomo de verdad. Y el descubrimiento que condujo a los neurocientíficos a reconocer su existencia fue la demostración de que el intestino contiene células nerviosas que funcionan por sí solas, sin que el primer cerebro intervenga para nada.
Apenas un par de miles de fibras nerviosas conectan el primer cerebro con los cientos de millones de células nerviosas del intestino delgado. Y aunque el maestro de ceremonias oficial del cuerpo sí influye sobre los quehaceres del tubo digestivo, este es perfectamente capaz de funcionar sin su ayuda.
Aunque la especie lleva ubicando el alma en el corazón desde tiempos inmemoriales, la tripa, de hecho, es más inteligente y tiene mayor capacidad para «sentir». El intestino es el único órgano con un sistema nervioso intrínseco capaz de gestionar reflejos en ausencia de orden (o sugerencia) alguna por parte del cerebro o de la médula espinal. Y también da cobijo a todos y cada uno de los neurotransmisores cerebrales (que vendrían a ser como las palabras que usan las células nerviosas para comunicarse entre ellas). Y no es ninguna chuletilla con unas pocas, no. Es un diccionario, casi tan complejo como el del cerebro.
Y dado que el sistema nervioso entérico es independiente del central, el que se considera el primer neurogastroenterólogo, el pionero Dr. Michael Gershon, puso sobre la mesa hace ya veinte años una idea fascinante que cada día se alza con más evidencia a favor y acólitos convencidos. El hombre se planteó la posibilidad de que al intestino lo aquejen psiconeurosis propias e independientes de la mente, lo que explicaría que las disfunciones en el segundo cerebro no respondan a las terapias dirigidas al primero, pero sí a las que lo atañen directamente (como ese trasplante de la materia fecal proveniente de una persona sana y feliz que logra tanto mitigar la ansiedad y la depresión como dibujar una sonrisa en alguien que, quizás, llevaba años sin sonreír).[ii]
Ahora, si al segundo cerebro no lo maneja el primero, ¿quién lo hace?
La microbiota es la comunidad de microbios que viven en nuestro tubo digestivo. Es como ese invitado hambriento y remolón que se acomoda en casa y no podemos echar, aunque tampoco queremos, porque nos ayuda en las tareas domésticas menos apetitosas y nos protege con fiereza contra los intrusos. Hoy se la considera un órgano del cuerpo de pleno derecho. Y es un órgano insólito, porque cambia de composición con cada comida. No alberga solo bacterias, también es el hogar de los reyes de la fermentación, las levaduras, que se codean con protozoos unicelulares, un número descabellado de virus y unos diminutos seres antediluvianos emparentados con los que tiñen de colores los manantiales termales, los arqueas. Y este abigarrado grupo de invitados se comunica con nuestro segundo cerebro, que influye directamente sobre el primero y llega incluso a modular nuestro estado de ánimo. Si nuestra microbiota está pocha, nosotros estaremos pochos.
Nuestra microbiota afecta a nuestro humor. Un caso evidente podría ser una intoxicación alimentaria. Es ese invitado hambriento y remolón quien reconoce primero los intrusos y empieza a atacarlos para que mueran en su intento de quitarle su sitio de honor en el sofá. No solo procurará que los patógenos pasen hambre o intentará envenenarlos, también (lo que es muy de agradecer) alertará a nuestro sistema inmune del asalto. En un abrir y cerrar de ojos, el segundo cerebro se prepara para purgarnos y nos manda una advertencia para que encontremos un váter cuanto antes. En ese punto, nuestro estado de ánimo no puede ser bueno, no. Estaremos ansiosos y decaídos. Ahora, si esta situación no proviene de la intrusión puntual de bacterias patógenas, sino de una inflamación crónica, la respuesta del segundo cerebro nunca cesará… y la ansiedad y la depresión tampoco.
La naturaleza nos ha programado para sentirnos poco sociables, débiles y mustios cuando nos enfrentamos a una infección. Es el comportamiento de enfermedad normal que nos permite conservar nuestra energía para luchar contra el bicho y, desde el punto de vista evolutivo, también resulta positivo porque nos aleja de nuestros convivientes, que se contagiarán un poco menos. Ahora, si ese comportamiento de enfermedad no remite, podríamos darnos de bruces con un diagnóstico de depresión y asumir que el problema es estrictamente cerebral, pero, en realidad, hay dos cerebros implicados. Imagina cuán crucial es el segundo, que ya pululan por ahí los llamados psicobióticos, que son un tipo de probióticos (como los que venden para repoblar la flora perdida tras una tanda de antibióticos, por ejemplo), pero con la particularidad de ser organismos vivos (estos sí, que, los otros, a veces sí, a veces, no), capaces de emitir sustancias neuroactivas (como la propia serotonina) para que actúen sobre el eje intestino-cerebro y mejoren la vida de pacientes con cuadros psiquiátricos[iii]. Todavía se encuentran en un punto un pelín preliminar de su desarrollo, pero apuesto a que algún día revolucionarán los tratamientos actuales. Creo que la palabra «ilusionante» me sabe a poco.

Y no solo eso… nuestra microbiota no habla mucho, pero se hace oír. Es capaz de liberar mensajeros químicos que nos hagan sentir bien después de comer lo que ella ansía, o que nos sintamos fatal si no lo hacemos. Y lo hace orquestando los consabidos antojos. Puedes sentir unas ganas tremendas de comerte esa chocolatina en particular, la que lleva turrón y caramelo, pero quizás no sea realmente a ti a quien le apetece. Tal vez estés oyendo un canto de sirena procedente de un órgano ajeno a ti que vive en tu intestino, ese invitado hambriento y remolón que se está volviendo pejiguero. Una parte de tu microbiota tiene ganas de turrón con caramelo y la otra de chocolate. Y cuando las consientes y se los das, se sienten satisfechas y te recompensan con tu pequeña dosis de placer, enviando señales bioquímicas a través del susodicho eje intestino-cerebro. Y si no, hacen que te invada la ansiedad y la mala leche. La buena noticia, sin embargo, es que de ti depende que sigan comportándose como una criatura malcriada que patalea cuando no consigue lo que quiere. La microbiota cambia virtualmente tras cada comida. Y si tú eliges que esos integrantes que te instan a comer chocolatinas de caramelo y turrón no prosperen para liberarte del yugo de sus continuos caprichos, solo tienes que negárselo. Y el malestar de sus quejas apenas durará de pocas horas a pocos días. Tal es el poder de tu primer cerebro sobre la influyente microbiota que maneja el segundo.[iv]
Hoy nos encontramos lamentablemente inmersos en una epidemia de depresión unida a otra de problemas digestivos. Y me temo que la depresión se asocia con atrofia cerebral, deterioro cognitivo y demencia, incluido el alzhéimer. De modo que nuestra depresión no solo nos complica la vida hoy, sino que puede tener consecuencias peores a largo plazo.[v]
Puede que nuestro control sobre lo que se cuece en el primer cerebro sea limitado (aunque no nulo, pronto desvelaremos algunas estrategias muy efectivas), pero sobre el segundo tenemos más influencia de la que creemos. Él depende de la microbiota. Y la microbiota depende de lo que nosotros elegimos comer. He aquí uno de los pilares que sustentan el colosal poder de lo que comemos sobre nuestro estado de ánimo.
Así que, si hace algún tiempo que te ponen de los nervios las situaciones cotidianas y no logras controlar tu ansiedad, o notas que te da pereza todo y ya no tienes ganas de salir con tus amigos, ni de arreglarte, ni de darle un vuelco a tu vida para construirte un futuro mejor, siéntate en ese sofá junto a tu invitado hambriento y remolón. Y aséstale el mítico «tenemos que hablar». Te lo debes, a ti y a quienes más quieres. Te mereces la energía, el tiempo y los recursos que destines a procurarte ese blindaje que protegerá tu mente y que defenderá a capa y espada tu vitalidad, tu picardía, tu sagacidad, tu astucia, tu creatividad, tu memoria, tu ingenio, tu curiosidad, tu imaginación y tu capacidad de reír, de amar, de perdonar, de superar adversidades y de asombrarte ante todas las maravillas del mundo, porque… tu cerebro eres tú. Dicen que el amor mueve montañas. Que sea el amor, propio y ajeno, el que nos motive a utilizar el segundo cerebro para reeducar al primero y viceversa. No podemos controlar todos y cada uno de los factores capaces de influir en nuestro estado de ánimo ni en el destino de nuestros cerebros – como el exacerbado nivel de locura e incertidumbre al que nos está exponiendo la sonada década de los 2020 – pero sí tenemos poder sobre aquello que comemos y bebemos, cuánto nos movemos o cómo dormimos y afrontamos el estrés.
Eso… o apuntarnos a la lista de espera para los trasplantes fecales.
Si te interesa el tema, echa un ojo al Ketómetro 38 de la Keto-Maratón.
[i] Doll, J. P. K., Vázquez-Castellanos, J. F., Schaub, A. C., Schweinfurth, N., Kettelhack, C., Schneider, E., Yamanbaeva, G., Mählmann, L., Brand, S., Beglinger, C., Borgwardt, S., Raes, J., Schmidt, A., & Lang, U. E. (2022). Fecal Microbiota Transplantation (FMT) as an Adjunctive Therapy for Depression-Case Report. Frontiers in psychiatry, 13, 815422. https://doi.org/10.3389/fpsyt.2022.815422
Chinna Meyyappan, A., Forth, E., Wallace, C. J. K., & Milev, R. (2020). Effect of fecal microbiota transplant on symptoms of psychiatric disorders: a systematic review. BMC psychiatry, 20(1), 299. https://doi.org/10.1186/s12888-020-02654-5
Yang, C., Hu, T., Xue, X. et al. Multi-omics analysis of fecal microbiota transplantation’s impact on functional constipation and comorbid depression and anxiety. BMC Microbiol 23, 389 (2023). https://doi.org/10.1186/s12866-023-03123-1
[ii] Gershon, M. (1998). The Second Brain: Your gut has a mind of its own.
[iii] Cryan, J., Anderson, S., Dinan, T. (2020). La revolución psicobiótica: La nueva ciencia de la conexión.
[iv] Lach, G., Schellekens, H., Dinan, T.G. et al. Anxiety, Depression, and the Microbiome: A Role for Gut peptides. Neurotherapeutics 15, 36–59 (2018). https://doi.org/10.1007/s13311-017-0585-0
[v] Sáiz-Vázquez, O., Gracia-García, P., Ubillos-Landa, S., Puente-Martínez, A., Casado-Yusta, S., Olaya, B., & Santabárbara, J. (2021). Depression as a Risk Factor for Alzheimer’s Disease: A Systematic Review of Longitudinal Meta-Analyses. Journal of clinical medicine, 10(9), 1809. https://doi.org/10.3390/jcm10091809

